Era prácticamente recién nacida y mi hermana, que tenía diez años, me metía en su cama. Supongo que así empezó nuestra historia particular: nuestra propia historia familiar dentro de nuestra familia. Lloraba y mi cuna estaba en su habitación, que pronto se convertiría en nuestra habitación. Ya con la luz del día, y siendo consciente de que en realidad yo debía estar en mi cuna y no con ella, mi hermana se levantaba, me devolvía a mi pequeña cama y ella se volvía a la suya. Probablemente esas devoluciones furtivas fueron las primeras señales de amor que mi cuerpo diminuto registró para siempre. Probablemente fue en esos momentos cuando comprendí una cosa que no he olvidado nunca, nunca, jamás, en mi vida: que mi hermana iba a ser mi casa. Una casa dentro de una casa, una casa fuera de nuestra casa, una casa cualquiera que fuera mi casa: una casa abierta, de madrugada, furtiva, por si la necesito. A veces la he necesitado.
Con los años, aquella cuna se convirtió en un plegatín. De día, quedaba escondido debajo de la cama de mi hermana, para que pudiéramos pasar. De noche, lo sacábamos y dormíamos una al lado de la otra. A mi hermana le gustan las almohadas delgadas. A mí, un pelín más gruesas. Teníamos las paredes rosas: le gustaban más a ella que a mí. La habitación daba al lavadero. El lavadero daba a un campito en el que jugaban niños y adolescentes: mis hermanos y yo, cada uno a sus cosas. Nuestra habitación compartía pared con la de mis padres, así que si alguna noche estábamos parlanchinas de más, se nos llamaba la atención por esa vía: unos golpes en la pared y bajábamos el volumen. Ya no éramos una niña y una recién nacida, éramos una niña y una adolescente, o una adolescente y una adulta. Cuando nuestros cuerpos ya no podían descansar cómodamente en la misma cama, porque ocupaban demasiado, igualmente mi hermana a veces quería que durmiéramos juntas. Cambiamos aquella habitación en dos ocasiones, pero siempre era lo mismo: dos camas, una al lado de la otra, y una conversación que podía durar dos minutos o tres horas. Nos llevamos diez años, así que supongo que hubo un tiempo en que nuestra conversación abordaba dos universos paralelos que no se tocaban nunca. O quizá yo siempre intenté crecer rápido para poderme colar en ese universo que no me correspondía, el universo de mi hermana, al cual pertenecía desde la misma cuna.
En la segunda casa en la que vivimos juntas, antes de mudarnos a la última casa que compartimos, antes de irnos cada una a sus casas fuera del núcleo familiar; en la segunda casa, decía, mi hermana me pedía que me fuera a su cama. Por entonces ya no dormía en un plegatín, teníamos las dos camas tendidas en la habitación y nos separaba una silla que hacía de mesita de noche. ¿Dormimos juntas? Ya no era un cuerpo dependiente que podía sacar de una cuna: ahora tenía que levantarme de la cama yo misma. Nuestra habitación no compartía pared con la de mis padres, pero aun así algunas noches nos tenían que llamar la atención. Dormimos juntas, preguntaba. No, respondía yo. Por qué, quería saber mi hermana. Porque no me dejas moverme, respondía yo. Te juro que no me voy a quejar, respondía y mentía ella. Las noches que dormíamos juntas, mi cuerpo intentaba imitar al de mi hermana, que no se movía nunca. Así el susurro podía ser todavía más imperceptible, porque estábamos a una nariz de la otra. No respires por la boca, decía. Pues me voy a mi cama, contestaba yo. No, quédate. Y me quedaba: cómo no me iba a quedar, si era mi casa dentro de mi casa.
Pensé en todas estas cosas hablando contigo en voz baja. Me acordé de esas horas de conversación con mi hermana: de cuando la oscuridad de la noche nos permitía una intimidad que la luz del día nos robaba. Me acordé por el tono de voz y porque nuestra pared daba a otra habitación con personas a las que no queríamos despertar con nuestra cháchara. No había vuelto a hablar tanto rato con nadie en la cama como con ella: me di cuenta. Entonces tú y yo nos pusimos a hablar con la luz apagada, oscuridad total, y con un hilo de voz, dos susurros. Para besarnos antes teníamos que intuirnos la boca: saber de dónde venía la respiración del otro, o avanzar con la mano para ver dónde estaba la mejilla, o el pelo. Y después de la caricia, acercar el beso o acercar las narices. Mi hermana me buscaba la mano, nosotros también nos las buscábamos. No era una cama individual, así que podíamos movernos sin problemas. Compartíamos una almohada larguísima: era de las gruesas, a mi hermana no le habría gustado. Me puse a contarte cosas muy tristes que no me importa contar pero que son muy tristes. Algunas de esas cosas no he tenido que contárselas a mi hermana, porque las he vivido con ella. A veces cuando se las cuento a personas que no son mi hermana no noto nada: soy la portadora de una historia triste que no me entristece. Pero te iba hablando y yo notaba cómo tu cuerpo se contraía, como un estremecimiento de rabia. Notaba cómo tu cuerpo se acercaba y yo tenía calor no sé muy bien por qué, porque no hacía nada de calor aquella noche bajo el nórdico amarillo. No quería llorar pero lloré. No recuerdo haber llorado con mi hermana en la cama, pero probablemente alguna noche lo hicimos. Yo, aquella noche, frente a tu sombra, no quería llorar. No tenía ningún sentido que no quisiera llorar pero a veces siento eso: que no quiero llorar, aunque defienda el llanto frente a cualquier desalmado. Estoy orgulloso de ti, me dijiste. Mi hermana también lo está. Entonces pensé que estaba bien llorar, que estaba bien tu cuerpo sosteniendo, que estaba bien contar lo triste y entristecerse: está bien tener una casa, dos casas. ¿Te cuento una cosa más?, te pregunté. Claro: tú siempre quieres que te cuente, no te da ningún miedo que te cuente, ni contarme tú. Y te conté más cosas tristes que dieron pie, la mañana siguiente, a algunas bromas privadas, íntimas. Aquella noche dormí llena de paz: acunada. Acerqué mi cara a la tuya y me la besaste. Preciosa, me dijiste en la oscuridad, en susurros. Nadie nos llamó la atención.
