La repetición me calma, te cuento. Eso explica por qué veo tantas veces las mismas películas, las mismas series, escucho los mismos programas, las mismas canciones, repito restaurantes, repito menú en esos restaurantes repetidos, cuento las mismas anécdotas, reviso una y otra vez fotografías y me encanta que me recuerden un montón de cosas que ya hemos revisado en compañía. Me he aprendido, sin querer y a fuerza de repetición, diálogos de personajes preferidos. Esos diálogos me recuerdan a gente con quien he visto esos capítulos repetidos. Forman parte de nuestro lenguaje compartido, de nuestras bromas privadas. A veces basta una palabra para generar esa conexión: repites la palabra como un mantra para recordarle al otro que sí: estás. Te acuerdas, sucedió. De fondo, en casa, siempre podrás escuchar las mismas personas hablándome desde sus pódcast: a veces ni siquiera atiendo a lo que dicen, pero me gusta saber que están por ahí hablándome. Me anticipo a las bromas que he escuchado antes, sé cuál vendrá y ya dibujo la sonrisa. Qué paz: ahí viene mi broma.
Me gusta, la repetición. Supongo que se trata de control y no de calma, pero de todos modos produce ese efecto en mí. Me doy cuenta de que a menudo necesito recordar que aquel día aquello sucedió de aquel modo, y me gusta saber si tú también lo viviste así, o qué viviste exactamente, porque quizá si yo puedo saber qué efecto tuvo en ti no sé qué cosa que hice, lo podré contar la próxima vez que lo cuente: porque voy a volver a contarlo. Quizá te lo cuente a ti, iremos elaborando la anécdota a medida que la vayamos contando, que nos la contemos a nosotros o que la contemos a otras personas. Diremos: y entonces le pareció que a mí me daba igual. Y entonces le pareció que ni siquiera sabía que existía. Y entonces le pareció que yo era una estirada. Y entonces le pareció que yo me había olvidado de todo. Y a mí en cambio me parecía encantador. Y yo guardaba un recuerdo dulce, tierno. Y a mí no se me había olvidado. Y puede que sí fuera una estirada, claro. Y desde luego sí sabía que existía.
El relato, la narración que habré preparado para los demás y para ti, irá sumando matices. Te volveré a contar todo de nuevo, como si tú no estuvieras al tanto de lo que ocurrió, cuando sé perfectamente que sí. Es solamente porque la repetición me calma. No sólo me calma, también me divierte, es lo que más me gusta. Que me hagas la misma broma, porque cada vez me hace más gracia. Y después recordaremos la gracia que me hace la broma y la misma broma, y se le irán añadiendo capas de complicidad, de versión compartida. Y si llega un día en que ya no nos volvemos a contar lo mismo cien veces, querrá decir que ya no hay nada que contarse: absolutamente nada, todo será banal. Nos pondremos al día, nos contaremos qué tal la mañana, compartiremos preocupaciones cotidianas, nos quejaremos del trabajo o del dinero o del tiempo, pero nada tendrá sentido si no nos volvemos a contar la primera broma de la que nos reímos juntos. En realidad no es que me calme la repetición, es que la repetición en sí misma —que no nos canse— es la demostración de que esto —lo que cuidamos y atendemos y observamos y vivimos y amamos— sigue vivo. Para que las cosas estén vivas hay que irlas repitiendo: en la memoria, en la conversación y, finalmente, en la realidad. Sí, volver a acudir a aquellos lugares: repetirlo todo de nuevo para añadir nuevas dimensiones a la cosa. Y que siga viva, porque se va alargando en el tiempo.
Así sucede cuando alguien empieza una frase que dice: te acuerdas de cuando. Señal inequívoca de que el amor, el cariño, la complicidad siguen intactas. Porque tú ya sabes —lo sabes, ¿verdad?— que sí, que me acuerdo. Me acuerdo de todo: me acuerdo del pañuelo arrastrando por el suelo, me acuerdo de cómo se puso a llover, me acuerdo de la bodega, me acuerdo del dolor en el pecho, me acuerdo. ¡Cómo me acuerdo! Pero que me lo pregunten —que me lo preguntes precisamente tú—, que me pidan si me acuerdo significa que al otro lado hay alguien que pretende seguir tejiendo, seguir sumando palabras, seguir elaborando. Es así, también y no hay ninguna duda, en la infancia. Los críos siempre quieren repetirlo todo: más, más. No se cansan nunca, y los adultos nos cansamos enseguida. Si te diste un golpe y le hizo gracia y el niño se rio, querrás volver a fingir el golpe para volver a oír ese sonido pegadizo que es la risa infantil. Y luego esa criatura querrá que repitas y finjas el golpe hasta el infinito. Y si saltas una ola del mar: más, más. Y si le haces una pedorreta en la barriga: otra vez, otra vez. Un columpio, estornudar, cosquillas. Cualquier cosa: más, otra vez. Es una costumbre muy bonita, la repetición. Sirve para fijar, para que no haya duda, para dar seguridad.
La repetición es, pues, identidad compartida. Somos en tanto que el otro quiere narrarse con nosotros. Cuando el otro nos anima a recordar, nos reafirma. Eso es: hay que narrarse. Y cuando perdemos el interés por continuar narrando, es que algo ha muerto definitivamente, no se puede volver de ahí. Se me viene a la mente el poema más triste de la historia. Hacia el final de los versos, Idea Vilariño dice: Ya no estás / en un día futuro / no sabré dónde vives / con quién / ni si te acuerdas. Ése es el final del amor incluso después del final del amor, cuando ya no queda nada, cuando no hay lugar para preguntarle al otro si se acuerda. Probablemente sí se acuerde —yo me acuerdo de los bailes en la cocina, me acuerdo de los paseos por el bosque, me acuerdo de la espera, me acuerdo de los besos prohibidos—, pero no se podrá comprobar, habremos perdido la posibilidad de preguntar: te acuerdas de cuando. No, no se puede volver de ahí: la imposibilidad de una última repetición. Mucho peor que no ver morir a una persona —el final del poema—, mucho peor que no volver a tocarla: es mucho peor no saber si se acuerda. No saber si se acuerda es incluso peor que tener la certeza de que, efectivamente, ni siquiera se acuerda.
