Como vaina de malinche

En català, al Catorze.cat

Conocí a Lorena hace más de veinte años. No tengo más amigas de aquella época. No hay nadie con quien haya compartido todo lo que ha pasado durante más de veinte años: por eso Lorena siempre es una certeza. Su panorámica es siempre la más completa, la que atesora más matices. Tiene su gracia, porque Lorena y yo siempre hemos vivido muy lejos, y lo que ha caracterizado nuestra relación es precisamente que no atesoramos matices. Casi no convivimos, y cuando lo hacemos, siempre es intenso: de Badajoz a Barcelona es imposible acumular cotidianidades, así que si pienso mi vida en días o en meses, Lorena es mi amiga menos presente. Cuando pienso en mi vida en años, Lorena siempre está ahí. No importa el tiempo que hace que no nos vemos, que no hablamos. No importa lo que nos hayamos perdido, porque Lorena siempre está ahí, siempre estuvo. Hay amigas mías, a las que he visto a diario durante años, que no conocen detalles que Lorena sí conoce. Por eso el primer texto que voy a escribir este año va sobre nuestra amistad: porque en nuestra amistad se esconden tantos secretos, tanta comprensión y tanto reconocimiento mutuo. 

Puedo hablar con Lorena de cualquier época de mi vida, porque la conocí siendo adolescente, de modo que sabe todo lo que ha ocurrido desde que tengo recuerdos. De lo que pasó antes —en mi niñez, en la infancia, unos pocos años antes de vernos por primera vez— también tiene las nociones más significativas, porque cuando una quiere como nos queremos Lorena y yo, enseguida tira de ese hilo. Siempre se le acaba confiando la infancia a quien se ama, y Lorena y yo nos hemos compartido nuestra vida antes de cruzarnos. Así, Lorena lo sabe todo. Casi no he vivido nada a su lado, siempre he tenido que contárselo, pero lo sabe todo. Es la relación más larga que he tenido en mi vida, sin contar a mi familia. Lorena es, además, de un pueblito extremeño que forma parte de la historia familiar, así que no estoy muy segura de poder separar a Lorena de lo que encierra para mí la palabra familia. Éste es un texto —el primero del año— que habla de qué significa tener una amiga a quien confiarle los miedos y las dudas, y que se resuelvan prácticamente en cuanto se le confían. Le presto el miedo, y me lo devuelve limpio, sin grietas.

El año pasado golpeó duro. No ha sido mi peor año, probablemente, pero cuando una sufre a los veinte —aunque las secuelas sigan pegando fuerte años más tarde—, siempre parece que se está a tiempo de cualquier cosa: de restaurar, de reparar, de devolverle al espíritu una cierta paz, de reponerse: de volver a confiar. Una cree, incluso, que podrá olvidar. Pero el año pasado ya sé que no voy a poder olvidarlo, porque quedó concentrado en él todo lo que sólo Lorena y yo sabemos: que la infancia, que la adolescencia, se alargan hasta la adultez, donde explotan como vaina de malinche —que diría Gioconda Belli—. Así, el año pasado explotaron la sucesión de personas que he venido siendo últimamente. Año tras año ha ido detonando una de las que soy, hasta quedarme en ésta de ahora, a la que le toca vivir el 2026. A principios de diciembre pudimos vernos y compartir tiempo. Como digo, tener una relación a distancia no permite la cotidianidad, pero siempre que nos vemos, nos vemos de verdad. Cuatro días para nosotras, para la conversación. Empezamos por lo básico, nos sentimos apegadas aún a lo que nos acaba de pasar: hablamos de cómo están nuestras madres, ella siempre me pregunta por su paisana —mi abuela— y nos ponemos al día de cuatro cosas que tienen que ver con el presente. Pero después Lorena y yo siempre nos elevamos: nos vamos de lo cotidiano a lo abstracto, y acabamos por poner orden. Me pregunto, cuando eso sucede, cómo diantres vivo tan lejos de Lorena durante el año. Cómo conseguimos prescindir de eso que se crea entre nosotras cuando tenemos la oportunidad de compartir tiempo: qué importa la ciudad. 

Hace un mes, decía, volvimos a tener la posibilidad de vernos. Por alguna razón, nos parecemos. Mi abuela cree que además ahora, con mis rizos, hasta parecemos primas —como si las primas se parecieran—. Seguramente a mi abuela también le cuesta separar a mi amiga de su pueblo y, por tanto, de una cierta sensación de familiaridad. Nos parecemos, rizos aparte, en la distancia: cada una de nosotras ha ido trazando su propio camino, y ha sido un camino paralelo, no consensuado, lleno de intuición y tan cercano, que hace un poco de gracia y todo. Durante cuatro días pudimos conversar todo lo que se puede conversar: paseamos por una ciudad que no es ni la suya ni la mía, nos contamos cosas de hace diez años, cosas que acababan de pasar, cosas que queríamos que pasaran, nos reímos de nosotras mismas y de cualquier tontería, nos dio la risa viendo exposiciones, rememoramos la adolescencia, volvimos a hablar de lo que ya habíamos hablado pero con un nuevo enfoque. Y sin querer, no sé cómo, me sentí una nueva. Se acomodaron emociones, dudas, temores, miedos e inseguridades que llevaban años zumbando aquí dentro. Le puse un interrogante a cuestiones que me han traído la cabeza loca durante la última década de mi vida. El interrogante —que siempre me ha dado tanto miedo— de pronto era una oportunidad, una posibilidad. Pensé: ah, así se siente una cuando  —en palabras de la Gaite— suelta el fardo. Vive la tregua, se decía a sí misma acabada de aterrizar en Nueva York. De modo que así es la tregua que puede darse una a sí misma frente a la mirada sabia de una amiga. Sentí, un mes antes de los balances anuales y del repaso de los haberes y deberes del 2025, que ya estaba lista. Lista para qué: menudo misterio. 

Éste es mi primer texto del año. Es el texto de una persona a tientas, no muy firme, una surfista de la ola de la tregua. Ojalá se quede. Me refiero a ésta que soy ahora: Lorena ya sé que siempre va a estar.

Deixa un comentari