La casa más importante de mi vida

En català, a Catorze.cat

Vi que era una buhardilla y me pareció que me pegaba mucho. Necesitaba encontrar piso para poder empezar mi nueva vida —siempre empiezo por las casas—, de modo que no encontrarlo me parecía el infierno en la tierra: cosa absurda porque estuve viviendo dos semanas en casa de una amiga queridísima y muy a gusto. Aun así, necesitaba encontrar mi propia casa, y aquel piso me pegaba tanto, una buhardilla, a qué escritora no la seduce una buhardilla. Me seducía tanto que me preocupaba acabar alquilando el piso sólo porque era una buhardilla y porque necesitaba sentir que avanzaba. Y si me acabo quedando con el piso sin que me guste siquiera, le dije a mis amigas: en ese temor se concentraban tantas decisiones tomadas los últimos años. Quizá los últimos siete años, que son los que —al parecer— lleva Urano pegándole fuerte a Tauro, que es mi signo del zodiaco a simple vista, al primer vistazo del calendario. Sí, llegados a este punto del año, hemos empezado a coquetear con la astrología, aunque sea para reírnos de la desgracia. Tal vez veo el piso —pensaba— y puedo detectar qué no me gusta de la buhardilla pero aun así quedármela porque tengo prisa. Prisa de qué, me pregunto. No lo sé, pero siempre tengo algo de prisa, y a veces me quedo en lugares —casas, amores— que ni siquiera me gustan.

Ana se ofreció a acompañarme. Cuatro ojos —dos de ellos sin prisa— siempre ven más, y yo necesitaba un poco de supervisión, alguien que tutelara lo que estaba a punto de hacer: empezar mi nueva vida. O al menos la vida de los siguientes dos años, que son el mínimo sin penalización económica que firmé en el contrato unos días más tarde. Ana vino y ya había visto el piso en fotografías, como yo. A mis amigas y a mí nos gustaba más la buhardilla que el piso de Nou Barris que fui a ver el día anterior. Tenía una terraza muy bonita, un edificio casi sin vecinos, pero era muy pequeño. Salí de allí entusiasmada pero, a medida que iban pasando las horas y repasaba mentalmente mis muebles y mis libros, me daba cuenta de que no cabríamos. No pasaba nada, porque al día siguiente iría a visitar el que parecía que se convertiría en mi piso. Y cuando crucé el umbral de la puerta, tenía un nudo en el estómago como en las primeras citas. Tú debes de ser la escritora, me dijo la agente de la inmobiliaria. Sí, debo de ser yo. ¿Es para vosotras? No, Ana es una amiga, el piso es para mí sola. Llevaba unos documentos que me quemaban en el bolso: decían que, aunque no tengo una vida laboral lo que se dice normal, puedo ocuparme de los gastos del piso que ahora estoy viendo y que, oh, sí, creo que me gusta, me gusta un montón. Y miro a Ana para analizar sus ojos sin prisa, como una cría que comprueba que sí, que puede meterse en el agua, que sus padres la controlan y protegen desde la toalla, bajo la sombrilla. La miro y Ana dice: es tan tú. Lo sospechaba, sí. A mí también me lo parecía.

Fue en ese momento cuando fui consciente de que esta sería la casa más importante de mi vida. Por una razón muy sencilla: que no la quería. Que me gustara, que me imaginara en ella, que proyectara entre aquellas paredes, que empezara a decidir dónde pondría mi escritorio —lo primero que hago en cuanto entro en una casa, incluso en las casas de mis amigos, en las que no tendré que decidir dónde poner mi escritorio jamás— era mucho, muchísimo, para una casa que deseaba no haber pisado nunca. La buhardilla me gustaba y yo le gustaba a la agente de la inmobiliaria: voilà. Ahora sólo debía mostrar los documentos que me convertirían o no en La Buena Inquilina. Mientras, la gente entraba a ver mi piso, porque aún no sabían que yo era la elegida. A Ana y a mí nos impresionaba un poco, porque era evidente que toda aquella gente tomaba medidas de un piso que no podría alquilar nunca, por más que les gustara, porque el piso —y sobre todo la agente de la inmobiliaria— ya había apostado por la escritora con unos documentos la mar de convincentes.

A partir de aquel momento llevé a cabo lo que he hecho tantas veces, casi veinte: cambiar todos los muebles, tomar medidas de paredes para decidir dónde van las librerías, renegar pensando en la cantidad de libros que tendré que volver a meter en cajas —tener una amiga librera con una librería llena de cajas vacías, qué suerte—, volver a elegir dónde van los cuadros, y los jarrones, y las veinte lamparitas que, francamente, el piso no es tan grande, no llegarás a encenderlas todas nunca. En cuanto lo tuve todo colocado —unas lloraditas más tarde, toneladas de desesperación y la certeza de que es la mudanza más triste que he hecho nunca—, tomé conciencia: no quería vivir ahí. Había aceptado ser La Buena Inquilina llorando. Había firmado el contrato llorando. Había hecho la mudanza llorando. Había empezado a ordenarlo todo llorando. Y ahora que estaba todo en su sitio, que ya parecía mi casa, que le había encontrado un lugar a prácticamente todo, lloraba porque no quería vivir ahí. Te ha quedado muy bonito, me decía la gente. Qué rápida eres encontrando piso, me decía la gente. Siempre das con casas bonitas, me decía la gente. Pero yo había puesto los libros en las baldas asqueada: dentro de nada tendré que volver a sacarlos. No sé por qué he tenido ese pensamiento desde el primer segundo de empezar a pagar por vivir en este piso. No quiero vivir aquí. Eso es lo que yo contestaba. No quiero vivir aquí, no quiero encontrar pisos bonitos, no quiero decorarlos con amor, no quiero tener que crear una madriguera de la nada, no quiero sentir que es mi casa. Odio este piso, pensaba. Odio este piso, esta calle, este barrio, la gente con la que me cruzo cuando salgo por la puerta, odio —si sigo dando rienda suelta a la espiral— Barcelona. Tal vez me odie un poco a mí misma, incluso.

He aquí que, tres meses más tarde, esto es mi casa. Hola, casita. Aún no me lo parece del todo, pero sé que es la casa más importante de mi vida. No la mejor, no la más bonita, ni la definitiva, ni la casa a la que más amaré. Sí la más importante, porque no la quería. Cuando hablo de mi piso, me quejo. Y siempre hay alguien dispuesto a señalar todas las cosas buenas que tiene la buhardilla: todo lo que dicen es cierto. Soy yo quien ha convertido esta casa en una casa, en la mía. Pero no la quería, ésa es la realidad. Todavía no la he compartido demasiado, la buhardilla. No he hecho de anfitriona, no he invitado a mis amigos a cenar, no he traído a ningún amante. Han pasado por aquí personas muy cercanas que me han ayudado con la mudanza, a poner estanterías en las paredes o a cambiar luces, pero es una casa que se mantiene solitaria aún. Por eso, cuando el otro día me desperté y Alba estaba en la cocina, y olía a café pero no era yo quien había puesto la cafetera en el fuego, pensé durante unos segundos que, si lo analizo detenidamente, he tenido una suerte inmensa. Y que, para ser la casa que más he odiado en mi vida, tampoco es que se esté mal del todo.

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