Empiezo por el final: creo que no soy escritora. O al menos que no es lo que más soy. Creo que, sobre todo, lo que me gusta es comunicarme y, evidentemente, cuando escribo me comunico, pero no es la única forma que encuentro para hacerlo. Quizá es la que uso más a menudo, o quizá es la que me permite comunicarme en soledad y siempre que quiero, y por eso, por esta disponibilidad incondicional que me regala la escritura, he elegido convertirla en mi oficio. No es, ni mucho menos, la fórmula que más me gusta. A mí lo que me gusta de verdad es hablar, y por eso cuando escribo intento, en la medida de lo posible, imitar el habla, la oralidad. La historia no es tan importante para mí como la música que pongo en las frases. Esta es una afirmación que le he dejado en préstamo a la protagonista de mi próxima novela. Al releerla estos días me he topado con ella y me ha hecho pensar. ¿Escribir, yo? No, a mí lo que me gusta es hablar. Lo dice Greta, que aún no ha visto la luz pero que ya existe para mí, y lo dice en nombre de las dos. ¿Por qué, si no, la fotografía? ¿Por qué la política? ¿Por qué no puedo renunciar a todas las oportunidades de hablar en el formato que sea? ¿Y por qué, siempre, esta necesidad de encontrar a alguien al otro lado?
Estas preguntas me hacen levantarme del sofá y dar seis pasos por mi comedor nuevo y buscar la estantería de Carmen Martín Gaite. Tú me hiciste elegir esta forma de comunicarme, Carmiña: la escritura. Fuiste tú quien me animó a priorizarla por encima del resto. Tú, pues, tendrás que darme alguna explicación. Elijo de toda su biografía El cuento de nunca acabar porque siempre referencio el texto que lleva por título El interlocutor soñado. Esta era una de sus obsesiones y yo, con diecinueve años, cuando lo único que quería era parecerme a ella, empecé también a obsesionarme con el tema. Es más que probable que empezara a escribir porque yo también buscaba a ese interlocutor soñado, que es evidente que no tenía a mi alcance en mi entorno más inmediato. Cuando abro el índice del libro y encuentro la página del texto que me hace falta, me doy cuenta de que doblé la esquina de la página. Sabías, ya con diecinueve años, que querrías volver ahí —me digo.
No sé hablar —escribió Unamuno en «De esto y de aquello»— si no veo unos ojos que me miran y no siento detrás de ellos un espíritu que me atiende. Así empieza Gaite este texto, citando a Unamuno. Joder, pienso. Quizá escribo por eso, porque no siempre una puede encontrar unos ojos con espíritu, vocación y voluntad de atender. Quizá cuando escribo puedo inventarme esos ojos y no hace falta que existan de verdad, basta con intuirlos. Quizá por eso saco fotografías, también. Quizá por eso decidí entrar en política. Quizá por eso escribo. Quizá por eso vivo de forma permanente con gente hablando de fondo: la radio, los pódcasts. Todo el día buscando con quién hablar y ofreciendo, al mismo tiempo, una escucha atenta. Hoy es sábado y hace más de veinticuatro horas que no salgo de casa ni hablo con nadie directamente. Esta también soy yo, la que a veces no tiene interlocutor y no lo busca porque le molesta, porque necesita recrearse un momento en el silencio para encontrar el hilo de la conversación allá donde lo dejó. Unamuno y Gaite me llevan hasta mi amiga Irene, que hace unos días entrevistaba a Juan Evaristo Valls Boix. Hablaban y reflexionaban sobre la rentabilidad en los afectos de la edad moderna a raíz de su ensayo El derecho a las cosas bellas.
Recuerdo, cuando salió la entrevista, que una frase me emocionó. Así que con el libro de Gaite abierto por la página que toca, y ya desde el sofá, deshaciendo los seis pasos que me separan de la estantería, empiezo a releer la entrevista. Encuentro la frase: Cuando amamos de verdad, cuando estamos con alguien de verdad, escuchamos a fondo perdido. Recuerdo que en aquel momento, cuando la leí hace semanas, tuve dos pensamientos. Por un lado, eché de menos esa sensación de fondo perdido en mi vida. Entonces, en aquellos tiempos que ahora me parecen falsamente lejanos, en una discusión, yo había dicho medio llorosa: ojalá te tomaras la molestia de conocerme como me la tomo yo contigo. Recuerdo también pensar, leyendo la entrevista, que precisamente Irene Jaume, mi amiga del alma, era una de las personas que más horas me había escuchado a fondo perdido. Lo pensé en julio, cuando aún faltaban dos meses para que las horas de escucha a fondo perdido que me ha dedicado mi amiga se duplicaran o triplicaran.
Cierro la entrevista. Al final de su texto, Gaite explica que somos nosotros mismos nuestro primer interlocutor soñado. Nos proclamamos destinatarios provisionales del mensaje narrativo, mientras seguimos esperando, soñando, invocando a ese otro que un día nos vendrá a suplantar, a quien podamos decir: Toma esto, lo había estado elaborando para ti. A pesar de que llevo unos días cuestionando mi identidad como escritora, para priorizar la de interlocutora o comunicadora, estoy convencida de que leer y escribir libros me ha permitido encontrar a esos interlocutores soñados de los que hablaba Carmiña. He hecho un camino más largo, pero lo he hecho. Dice, para cerrar su reflexión, que cuando llegue un día nuestro interlocutor soñado, estaremos seguros de una cosa: que si aparece, lo sabremos reconocer. Cierro el libro. Ahora ya sé por qué he empezado a escribir estas líneas: os he reconocido. Os lo quería decir. Sé quiénes sois. Os quiero cerca, he estado elaborando todo esto para vosotros. Y también os quiero escuchar a fondo perdido.
