el cerco de beatrice

y animoso levanta aquella mano que tiene cogida y la acerca a los labios y la besa -eres perfecta…- y adela le dice que si fuese perfecta no sufriría tanto, y ricardo vuelve a besarla -para mí, eres perfecta…- y no quiere oír hablar de tristezas ni melancolías ni de más decaimientos, sólo pasear con adela junto a ese mar adormecido, de la mano, como dos jóvenes enamorados que viven su ciclo, casi sin darse cuenta. y es que, en definitiva, la vida no era más que eso -ciclos- y él lo veía en el hospital. y ya no quería seguir apartado de la vida, como un espectador impasible, ajeno a todo. no, quería a adela, quería tener hijos y educarlos y preocuparse y darse entero y entregarse y enredarse en todos esos pequeños acontecimientos, en todos, y nunca más estar a un lado, no… ¡morir viviendo! y con esa determinación cami… -ricardo, me vas a fracturar la mano-

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y cualquier pecado o error que se comete en nombre del amor es disculpable -y es noble- y se dice -lo siento- y ya está

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-pues… ¿qué te estaba diciendo?… ah, lo de balzac… pues eso, que hay personas que son poetas porque escriben poemas y todo eso. y otras, muy poquitas, que encarnan la poesía… que son la poesía hecha… o sea, la poesía en persona… ni siquiera necesitan escribir… y eso es lo que le pasa a verganza

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que la sinceridad es uno de los subterfugios del engaño, y esto te lo digo a ti, amadísimo lector o lo que seas: dios te libre de los hombres sinceros. de esos que, continuamente, se dirigen a ti -y sinceramente esto y sinceramente lo otro- para llenarte el pensamiento y colmarte el alma de toda la porquería que les anda acumulada por ahí dentro. y te lo digo aunque tenga que saltarme la regla del eje, del decoro o cualquier otra regla porque, en resumidas cuentas, son como ratas que roen y roen y roen y roen y roen y así hasta acabar con la vida y no hay más que hablar.

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nos quedábamos hablando en la oscuridad y laura me preguntaba cosas y hacíamos una pareja perfecta, porque a ella le gustaba escuchar y a mí me gustaba hablar. y ya decía mi madre que yo hablaba por los codos y que, por esa razón, me apreciaba, y que le hacía mucha compañía. y a laura le pasaba lo mismo, y yo la distraía con mis historias y a veces me las inventaba y ella no se daba cuenta y se las creía y como parecía que estas historias inventadas le gustaban más y le interesaban más, al final sólo le contaba disparates, y ella se reía o se quedaba seria o pensaba en su madre que no acababa de convalecer.

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y recuerdo que estábamos abrazados en la cama, y estábamos a oscuras hablando del pensamiento y todo eso, y le intentaba explicar que lo que me pasa a mí era que pensaba demasiado, y que esa era la sensación que tenía, y laura me decía que eso era una tontería y que nadie pensaba demasiado y que además, eso no tenía ninguna importancia y que lo único que tenía importancia, y ya lo había dicho descartes, era el buen o mal uso que hacíamos de nuestro pensamiento. y yo le decía que no quería entrar en eso, que respetaba muchísimo a descartes porque había sido el primer hombre que había escrito un libro para demostrarse, y demostrarle a los demás, que existía y que, a partir de él, muchos otros… -no seas superficial- y yo le dije que no era superficial pero que no me gustaba que metiese a nadie en medio, que siempre tenía que meter a sus -eminencias- en medio y que, de cualquier manera, yo sólo quería hacer constar una cosa, una realidad que para mí no necesita de ninguna demostración: que yo pensaba demasiado, y que tenía más pensamientos acumulados que el resto de la gente, y nada más.

CELSO CASTRO

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